Por qué la privacidad importa

por Glenn Greenwald

Hay un género entero de videos en Youtube dedicado a una experiencia que estoy seguro que todos en este salón han tenido. Implica a un individuo que, pensando que está solo, asume comportamientos expresivos —cantar como loco, bailar girando, alguna actividad sexual leve— sólo para descubrir que, en realidad, no está solo, que hay una persona mirando y acechando, el descubrimiento le causa inmediatamente que deje de hacer lo que estaba haciendo con horror. La sensación de vergüenza y humillación en su rostro es palpable. La sensación de “hay algo que quiero hacer únicamente si no hay nadie más viendo”.

Este es el punto crucial del trabajo en el que he estado particularmente enfocado en los últimos 16 meses, la pregunta de por qué la privacidad importa, una pregunta que ha surgido en el contexto del debate global, permitida por las revelaciones de Edward Snowden de que los Estados Unidos y sus socios, desconocidos para el mundo entero, han convertido internet, una vez proclamada como una herramienta de liberación y democratización sin precedentes, en una zona de vigilancia indiscriminada de personas sin precedentes.

Hay un sentimiento muy común que surge en este debate, aún entre personas que están incómodas con la vigilancia de la gente, que dice que no hay un daño real que venga de esta invasión en gran escala porque sólo las personas que están involucradas en malos actos tienen una razón para querer esconder y cuidar su privacidad. Esta visión del mundo está implícitamente basado en que hay dos clases de personas en el mundo, buenas personas y malas personas. Las malas personas son aquellos que planean ataques terroristas o que se involucran en violenta criminalidad y entonces tienen razones de querer esconder lo que están haciendo, tienen razones de cuidar su privacidad. Pero en contraste, la buena gente son personas que van a trabajar, vuelven a casa, crian sus niños, miran televisión. Ellos usan internet no para planear ataques de bomvas sino para leer las noticias o intercambiar recetas o planear sus juegos de niños de Little League, y esas personas no están haciendo nada incorrecto y entonces no tienen nada que ocultar y ninguna razón para temer que el gobierno los monitoree.

Las personas que están en efecto diciendo eso están cometiendo un acto muy extremo de autodesprecio. Lo que ellos realmente están diciendo es

Estoy de acuerdo en hacerme a mí mismo una persona tan inofensiva y nada amenazadora y poco interesante que en realidad no tengo miedo de que el gobierno sepa lo que estoy haciendo.

La mentalidad ha encontrado lo que pienso es su expresión más pura en una entrevista en 2009 con el hace mucho tiempo Director Ejecutivo de Google, Eric Schmidt, quien, cuando le preguntaron sobre los diferentes modos en que su compañía causa invasiones a la privacidad de cientos de millones de personas alrededor del mundo. Él dijo

Si estás haciendo algo que no quieres que otras personas sepan, quizás no deberías estar haciendo eso en primer lugar.

Ahora, hay toda clase de cosas que decir sobre esa mentalidad, la primera de las cuales es que las personas que dicen eso, que dicen que la privacidad no es realmente importante, en realidad no lo creen, y el modo en que sabes que en realidad no lo creen es que mientras dicen con sus palabras que la privacidad no importa, toman toda clase de medidas para proteger su privacidad. Ellos ponen contraseñas en sus email y sus cuentas de redes sociales, ellos ponen cerraduras en las puertas de sus dormitorios y baños, todas medidas diseñadas para prevenir que otras personas entren en lo que ellos consideran su ámbito privado y sepan lo que ellos no quieren que otras personas sepan. El mismísimo Eric Schmidt. el Director Ejecutivo de Google, ordenó a sus empleados en Google dejar de hablar con la revista de internet online CNET después de que CNET publicó un artículo lleno de información personal, privada sobre Eric Schmidt, que fue obtenida exclusivamente a través de búsquedas de Google y usando otros productos de Google. La misma discrepancia puede ser observada con el Director Ejecutivo de Facebook, Mark Zuckerberg, que en una famosa entrevista en 2010 declaró que la privacidad ya no es una “norma social”. El último año, Mark Zuckerberg y su nueva esposa compraron no sólo su propia casa sino también las cuatro casas adyacentes en Palo Alto por un total de 30 millones de dólares con el fin de asegurarse que ellos disfrutaran de una zona de privacidad que prevenga que otras personas se fijen lo que ellos hacen en sus vidas personales.

En los últimos 16 meses, cuando debatí este asunto alrededor del mundo, en cada ocasión alguien me dijo “no me preocupan realmente las invasiones de privacidad porque no tengo nada que esconder”. Siempre le digo lo mismo a ellos. Saco una lapicera, escribo mi dirección de email. Digo “aquí está mi dirección de email. Lo que quiero que hagas cuando llegues a tu casa es enviarme por email las contraseñas de todas tus cuentas de email, no sólo la linda, respetable del trabajo que tiene tu nombre, sino todas ellas, porque quiero simplemente poder merodear por lo que estás haciendo online, leer lo que quiero leer y publicar cualquier cosa que encuentre interesante. Después de todo, si no eres una mala persona, si no estás haciendo nada malo, no tienes nada que esconder”.

Ni una sola persona aceptó mi oferta. Chequeo esa cuenta de email religiosamente todo el tiempo. Es un lugar muy desolado. Y hay una razón para eso, que es que como seres humanos, aún aquellos de nosotros que con sus palabras niegan la importancia de nuestra propia privacidad, instintivamente entienden la profunda importancia de ésta. Es cierto que los seres humanos somos animales sociales, lo que significa que tenemos necesidad de otras personas sepan lo que estamos haciendo y diciendo y pensando, lo cual es el porqué publicamos voluntariamente información sobre nosotros mismos online. Pero igualmente esencial para lo que significa ser un ser humano libre y realizado es tener un lugar al que podamos ir y ser libres de los ojos críticos de otras personas. Hay una razón por la que buscamos eso, y nuestra razón es que todos nosotros —no sólo terroristas y criminales, todos nosotros— tenemos cosas que esconder. Hay toda clase de cosas que podemos hacer y pensar que estamos dispuestos a decirlas a nuestro médico o nuestro abogado o nuestro psicólogo o nuestra esposa o nuestro mejor amigo que estaríamos avergonzados de que el resto del mundo se entere. Hacemos juicios cada día sobre la clase de cosas que decimos y pensamos y lo que estamos dispuestos a hacerle saber a otras personas, y la clase de cosas que decimos y pensamos que no queremos que nadie más sepa. La gente puede fácilmente con sus palabras declarar que no valoran su privacidad, pero sus acciones niegan la autenticidad de esa creencia.

Ahora, hay una razón por la que la privacidad es tan ansiada universalmente e instintivamente. No es sólo un movimiento reflejo como respirar aire o beber agua. La razón es que cuando estamos en un estado donde podemos ser monitoreados, donde podemos ser mirados, nuestra conducta cambia dramáticamente. El rango de opciones conductuales que consideramos cuando pensamos que estamos siendo observados se reduce severamente. Esto es sólo un hecho de la naturaleza humana que ha sido reconocido en la ciencia social y en la literatura y en la religión y virtualmente en cada campo de disciplina. Hay docenas de estudios psicológicos que prueban que cuando alguien sabe que puede ser observado, su conducta se vuelve enormemente más conformista y dócil. La vergüenza humana es un muy poderoso motivador, como es el deseo de evitarla, y esa es la razón de por qué las personas, cuando están en un estado de ser observados, toman decisiones que no son derivadas de su propia voluntad sino que provienen de las expectativas que otros tienen de ellos o de los mandatos de la ortodoxia social.

Este entendimiento fue explotado más poderosamente para fines prágmaticos en el siglo 18, el filósofo Jeremy Bentham, que se propuso resolver un importante problema mostrado en la era industrial, donde, por primera vez, las instituciones se habían vuelto tan grandes y centralizadas que ya no era posible vigilar y por lo tanto controlar a cada uno de sus miembros individuales, y la solución que él concibió fue un diseño arquitectónico originalmente previsto para ser implementado en prisiones que él llamaba panopticon, el atributo primario del cual era la construcción de una torre enorme en el centro de la institución donde quienesquiera que controlaban la institución podían en cualquier momento ver a cualquiera de los reclusos, aunque no podían verlos a todos ellos todas las veces. Y crucial para este diseño era que los reclusos no podían en realidad ver hacia el panopticon, hacia la torre, y entonces nunca sabían si estaban siendo observados o tampoco cuando. Y lo que lo dejó tan entusiasmado sobre este descubrimiento fue que los prisioneros tendrían que asumir que estaba siendo observados en cualquier momento dado, lo que sería el máximo esbirro de la obediencia y sumisión. El filósofo francés del siglo 20 Michel Foucault notó que ese modelo podía ser usado no sólo para prisiones sino para cada institución que buscara el control de la conducta humana: escuelas, hospitales, fábricas, lugares de trabajo. Y lo que él dijo fue que esta mentalidad, esta infraestructura descubierta por Bentham, fue la clave de lo que significa el control social moderno de las sociedades occidentales, que ya no necesitan armas públicas de tiranía —castigar o encarcelar o matar disidentes, o legalmente persuadir la lealtad de un grupo en particular — porque la vigilancia de las personas crea una prisión en la mente que es mucho más sutil aunque un medio mucho más efectivo de fomentar la sumisión con normas sociales o con ortodoxia social, mucho más efectivo de lo que la fuerza bruta podría ser.

La más emblemática Obra de literatura sobre vigilancia y privacidad es la novela de George Orwell “1984”, que todos aprendemos en la escuela, y por lo tanto casi se volvió un cliché. En realidad, dondequiera que saques este tema en un debate sobre vigilancia, la gente instantáneamente lo descarta como inaplicable, y lo que dicen es “Oh, bien en ‘1984’, había monitores en las casas, estaban siendo observados en cada momento dado, y no tiene nada que ver con el estado de vigilancia que vemos”. Eso es en realidad una confusión de la esencia de las advertencias que Orwell publicó en “1984”. La advertencia que él estaba haciendo no era acerca de un estado de vigilancia que monitoreara a todos todo el tiempo, sino donde la gente estuviera consciente de que podían ser monitoreados en cualquier momento dado. Así es cómo el narrador de Orwell, Winston Smith, describe el sistema de vigilancia que ellos enfrentaban: “No había, claro, ningún modo de saber si estabas siendo observado en algún momento dado”. Él continuó diciendo, “De todas formas, ellos podían conectarse a tu micrófono cuandoquiera que ellos quisieran. Tenías que vivir, vivías, con el hábito que se convertía en instinto, en la asunción de que cada sonido que hacías era escuchado y excepto en la oscuridad cada movimiento escudriñado”.

Las religiones abrahámicas similarmente proponen que hay una invisible, omnisapiente autoridad, por cuya omniciencia, siempre ve lo que sea que estés haciendo, lo que significa que nunca tienes un momento privado, el último esbirro de la obediencia para su precepto.

Lo que todas esas aparentemente disparatadas obras reconocen, la conclusión a la que todas llegan, es que una sociedad en la que las personas pueden ser monitoreadas todo el tiempo es una sociedad que cultiva el conformismo y la obediencia y la sumisión, que es el sentido de cada tirano, del más público al más sutil, ansía ese sistema. A la inversa, aún con más importancia, está un ámbito de privacidad, la habilidad de ir a cualquier parte donde podamos pensar y razonar e interactuar y hablar sin que los ojos críticos de otros se lancen sobre nosotros, en que la creatividad y la exploración y el desacuerdo exclusivamente residen, y ésa es la razón del por qué, cuando permitimos una sociedad en la que estamos sujetos a un constante monitoreo, dejamos que la esencia de la libertad humana sea severamente mutilada.

El último punto que quiero observar de esta mentalidad, la idea de que sólo la gente que está haciendo algo malo tiene cosas que esconder y por lo tanto razones para proteger su privacidad, es que se atrinchera en dos mensajes muy destructivos, dos lecciones destructivas, la primera es que las únicas personas que protegen su privacidad, las únicas personas que buscarán privacidad, son por definición malas personas. Esta es una conclusión que deberíamos tener toda clase de razones para evitar, la más importante de las cuales es que cuando dices “alguien que hace cosas malas”, probablemente quieres decir cosas como planear un ataque terrorista o involucrarte en una violenta criminalidad, un mucho más angosto concepto de lo que las personas que ejercen el poder quieren decir cuando dicen, “hacer cosas malas”. Para ellos, “hacer cosas malas” típicamente quiere decir hacer algo que plantea desafíos válidos a ejercer nuestro propio poder.

La otra realmente destructiva y, pienso, aún más insidiosa lección que viene de aceptar esta mentalidad es que hay un convenio implícito que las personas que aceptan esta mentalidad han aceptado, y ese convenio es éste: Si estás dispuesto a volverte suficientemente inofensivo, suficientemente no amenazador para aquellos que ejercen el poder político, entonces y sólo entonces puedes estar libre de los peligros de la vigilancia. Sólo aquellos que son disidentes, que desafían el poder, tienen algo de que preocuparse. Hay toda clase de razones por las que debemos desear evitar esa lección también. Quizás seas una persona que, justo ahora, no quieres involucrarte en esa conducta, pero en algún punto en el futuro puedes. Aún si eres alguien que decide que nunca va a querer, el hecho de que hay otras personas que están dispuestas y pueden resistir y ser adversarios para aquellos en el poder —disidentes y periodistas y activistas y un amplio rango de otros— es algo que nos trae a todos un bien colectivo que deberíamos querer preservar. Igualmente crítico es que la medida de cuan libre es una sociedad no es cómo se comportan sus buenos, obedientes, sumisos ciudadanos, sino cómo se comportan sus disidentes y aquellos que resisten a la ortodoxia. Pero la razón más importante es que el sistema de vigilancia de personas suprime nuestra propia libertad en toda clase de formas. Vuelve zonas vedadas todo tipo de elecciones de conducta incluso sin nuestro conocimiento de lo que sucedió. La famosa activista socialista Rosa Luxemburg una vez dijo, “Él que no se mueve no nota sus cadenas”. Podemos probar y volver las cadenas de la vigilancia de personas invisible o indetectable, pero las coacciones que nos impone no se convierten en menos fuertes.

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