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“No tengo nada que ocultar” realmente significa “no me puedes confiar nada”

Artículo original por Rick Falvinge

Las personas que no se preocupan por su privacidad no se dan cuenta de una cosa clave: todo el mundo salvaguarda su propia privacidad y piezas clave de la privacidad de los demás. Al menospreciar la necesidad de tu propia intimidad y el derecho a guardar secretos, también están diciendo que nadie más debe volver a confiarte un secreto.

La privacidad a menudo se confunde con un privilegio individual, cuando en realidad es una necesidad colectiva.

Sin privacidad, las leyes no se pueden romper. Y si las leyes —formales e informales no pueden romperse, rara vez se cuestionan. Cuando las reglas no se cuestionan, una sociedad se detiene en seco.

No hace mucho tiempo, las personas que nacieron homosexuales eran criminales desde el nacimiento. Mucho tiempo después de que eso fue abolido, la homosexualidad era considerada una enfermedad mental (en Suecia, esa clasificación de enfermedad terminó un día cuando miles y miles de personas llamaron en la mañana a su trabajo a decir que se “sentían un poco gays”).

Si las leyes de vigilancia de masas de hoy hubieran estado en vigor en la década de 1950, el movimiento de derechos civiles nunca habría existido. Nunca hubiera existido un movimiento de derechos humanos para establecer la igualdad sexual. Las personas que nacen homosexuales seguirían siendo criminales desde el nacimiento, simplemente por haber nacido de una determinada manera. Y eso es sólo una de las muchas áreas en las que los valores han progresado y avanzado para mejor.

Esto demuestra el daño colectivo causado por la vigilancia de masas, y, francamente, por aplicación de leyes que son demasiado eficaces.

Pero hay otro aspecto colectivo de la privacidad que no ha sido y es el hecho de que la gente no sólo mantiene sus propios secretos; también mantiene los secretos que otros les han confiado por razones personales, comerciales o incluso espirituales en ciertos casos.

Después de todo, si no te importa que el gobierno lea tu correo y tus textos  —y te encoges de hombros restándole importancia: “no tengo nada que ocultar”—, eso significa que no te importa que lean las conversaciones que tienes con otras personas. Y esa correspondencia no era únicamente un secreto tuyo; también era el secreto de las personas con las que intercambiabas correspondencia. Si alguien te confía que fue agredido, por ejemplo, un “no tengo nada que ocultar” significa que vas a renunciar no sólo a tus propios secretos, sino también a los secretos que te han sido confiados, como que alguien cercano a ti fue agredido.

Todo se resume a la constatación de que la declaración “no tengo nada que ocultar” se traduce en “no me puedes confiar nada sin importar la razón”.

La privacidad sigue siendo tu responsabilidad.